sábado, 13 de octubre de 2012

La soledad de América Latina


Gabriel García Márquez el día en que asistió a la ceremonia de entrega del Premio Nobel de Literatura, en 1982.

Por GABRIEL GARCIA MÁRQUEZ
Al recibir el Nobel de Literatura en 1982

Antonio Pigafetta, un navegante florentino que acompañó a Magallanes en el primer viaje alrededor del mundo, escribió a su paso por nuestra América meridional una crónica rigurosa que sin embargo parece una aventura de la imaginación. Contó que había visto cerdos con el ombligo en el lomo, y unos pájaros sin patas cuyas hembras empollaban en las espaldas del macho, y otros como alcatraces sin lengua cuyos picos parecían una cuchara. Contó que había visto un engendro animal con cabeza y orejas de mula, cuerpo de camello, patas de ciervo y relincho de caballo. Contó que al primer nativo que encontraron en la Patagonia le pusieron enfrente un espejo, y que aquel gigante enardecido perdió el uso de la razón por el pavor de su propia imagen.

Este libro breve y fascinante, en el cual ya se vislumbran los gérmenes de nuestras novelas de hoy, no es ni mucho menos el testimonio más asombroso de nuestra realidad de aquellos tiempos. Los Cronistas de Indias nos legaron otros incontables. Eldorado, nuestro país ilusorio tan codiciado, figuró en mapas numerosos durante largos años, cambiando de lugar y de forma según la fantasía de los cartógrafos. En busca de la fuente de la Eterna Juventud, el mítico Alvar Núñez Cabeza de Vaca exploró durante ocho años el norte de México, en una expedición venática cuyos miembros se comieron unos a otros y sólo llegaron cinco de los 600 que la emprendieron. Uno de los tantos misterios que nunca fueron descifrados, es el de las once mil mulas cargadas con cien libras de oro cada una, que un día salieron del Cuzco para pagar el rescate de Atahualpa y nunca llegaron a su destino. Más tarde, durante la colonia, se vendían en Cartagena de Indias unas gallinas criadas en tierras de aluvión, en cuyas mollejas se encontraban piedrecitas de oro. Este delirio áureo de nuestros fundadores nos persiguió hasta hace poco tiempo. Apenas en el siglo pasado la misión alemana de estudiar la construcción de un ferrocarril interoceánico en el istmo de Panamá, concluyó que el proyecto era viable con la condición de que los rieles no se hicieran de hierro, que era un metal escaso en la región, sino que se hicieran de oro.

La independencia del dominio español no nos puso a salvo de la demencia. El general Antonio López de Santana, que fue tres veces dictador de México, hizo enterrar con funerales magníficos la pierna derecha que había perdido en la llamada Guerra de los Pasteles. El general García Moreno gobernó al Ecuador durante 16 años como un monarca absoluto, y su cadáver fue velado con su uniforme de gala y su coraza de condecoraciones sentado en la silla presidencial. El general Maximiliano Hernández Martínez, el déspota teósofo de El Salvador que hizo exterminar en una matanza bárbara a 30 mil campesinos, había inventado un péndulo para averiguar si los alimentos estaban envenenados, e hizo cubrir con papel rojo el alumbrado público para combatir una epidemia de escarlatina. El monumento al general Francisco Morazán, erigido en la plaza mayor de Tegucigalpa, es en realidad una estatua del mariscal Ney comprada en París en un depósito de esculturas usadas.

Hace once años, uno de los poetas insignes de nuestro tiempo, el chileno Pablo Neruda, iluminó este ámbito con su palabra. En las buenas conciencias de Europa, y a veces también en las malas, han irrumpido desde entonces con más ímpetus que nunca las noticias fantasmales de la América Latina, esa patria inmensa de hombres alucinados y mujeres históricas, cuya terquedad sin fin se confunde con la leyenda. No hemos tenido un instante de sosiego. Un presidente prometeico atrincherado en su palacio en llamas murió peleando solo contra todo un ejército, y dos desastres aéreos sospechosos y nunca esclarecidos segaron la vida de otro de corazón generoso, y la de un militar demócrata que había restaurado la dignidad de su pueblo. En este lapso ha habido 5 guerras y 17 golpes de estado, y surgió un dictador luciferino que en el nombre de Dios lleva a cabo el primer etnocidio de América Latina en nuestro tiempo. Mientras tanto 20 millones de niños latinoamericanos morían antes de cumplir dos años, que son más de cuantos han nacido en Europa occidental desde 1970. Los desaparecidos por motivos de la represión son casi los 120 mil, que es como si hoy no se supiera dónde están todos los habitantes de la ciudad de Upsala. Numerosas mujeres arrestadas encintas dieron a luz en cárceles argentinas, pero aún se ignora el paradero y la identidad de sus hijos, que fueron dados en adopción clandestina o internados en orfanatos por las autoridades militares. Por no querer que las cosas siguieran así han muerto cerca de 200 mil mujeres y hombres en todo el continente, y más de 100 mil perecieron en tres pequeños y voluntariosos países de la América Central, Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Si esto fuera en los Estados Unidos, la cifra proporcional sería de un millón 600 mil muertes violentas en cuatro años.

De Chile, país de tradiciones hospitalarias, ha huido un millón de personas: el 10 por ciento de su población. El Uruguay, una nación minúscula de dos y medio millones de habitantes que se consideraba como el país más civilizado del continente, ha perdido en el destierro a uno de cada cinco ciudadanos. La guerra civil en El Salvador ha causado desde 1979 casi un refugiado cada 20 minutos. El país que se pudiera hacer con todos los exiliados y emigrados forzosos de América latina, tendría una población más numerosa que Noruega.

Me atrevo a pensar que es esta realidad descomunal, y no sólo su expresión literaria, la que este año ha merecido la atención de la Academia Sueca de la Letras. Una realidad que no es la del papel, sino que vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas, y que sustenta un manantial de creación insaciable, pleno de desdicha y de belleza, del cual éste colombiano errante y nostálgico no es más que una cifra más señalada por la suerte. Poetas y mendigos, músicos y profetas, guerreros y malandrines, todas las criaturas de aquella realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido la insuficiencia de los recursos convencionales para hacer creíble nuestra vida. Este es, amigos, el nudo de nuestra soledad.

Pues si estas dificultades nos entorpecen a nosotros, que somos de su esencia, no es difícil entender que los talentos racionales de este lado del mundo, extasiados en la contemplación de sus propias culturas, se hayan quedado sin un método válido para interpretarnos. Es comprensible que insistan en medirnos con la misma vara con que se miden a sí mismos, sin recordar que los estragos de la vida no son iguales para todos, y que la búsqueda de la identidad propia es tan ardua y sangrienta para nosotros como lo fue para ellos. La interpretación de nuestra realidad con esquemas ajenos sólo contribuye a hacernos cada vez más desconocidos, cada vez menos libres, cada vez más solitarios. Tal vez la Europa venerable sería más comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su primera muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron a Europa con soldados de fortuna. Aún en el apogeo del Renacimiento, 12 mil lansquenetes a sueldo de los ejércitos imperiales saquearon y devastaron a Roma, y pasaron a cuchillo a ocho mil de sus habitantes.

No pretendo encarnar las ilusiones de Tonio Kröger, cuyos sueños de unión entre un norte casto y un sur apasionado exaltaba Thomas Mann hace 53 años en este lugar. Pero creo que los europeos de espíritu clarificador, los que luchan también aquí por una patria grande más humana y más justa, podrían ayudarnos mejor si revisaran a fondo su manera de vernos. La solidaridad con nuestros sueños no nos haría sentir menos solos, mientras no se concrete con actos de respaldo legítimo a los pueblos que asuman la ilusión de tener una vida propia en el reparto del mundo.

América Latina no quiere ni tiene por qué ser un alfil sin albedrío, ni tiene nada de quimérico que sus designios de independencia y originalidad se conviertan en una aspiración occidental.

No obstante, los progresos de la navegación que han reducido tantas distancias entre nuestras Américas y Europa, parecen haber aumentado en cambio nuestra distancia cultural. ¿Por qué la originalidad que se nos admite sin reservas en la literatura se nos niega con toda clase de suspicacias en nuestras tentativas tan difíciles de cambio social? ¿Por qué pensar que la justicia social que los europeos de avanzada tratan de imponer en sus países no puede ser también un objetivo latinoamericano con métodos distintos en condiciones diferentes? No: la violencia y el dolor desmesurados de nuestra historia son el resultado de injusticias seculares y amarguras sin cuento, y no una confabulación urdida a 3 mil leguas de nuestra casa. Pero muchos dirigentes y pensadores europeos lo han creído, con el infantilismo de los abuelos que olvidaron las locuras fructíferas de su juventud, como si no fuera posible otro destino que vivir a merced de los dos grandes dueños del mundo. Este es, amigos, el tamaño de nuestra soledad.

Sin embargo, frente a la opresión, el saqueo y el abandono, nuestra respuesta es la vida. Ni los diluvios ni las pestes, ni las hambrunas ni los cataclismos, ni siquiera las guerras eternas a través de los siglos y los siglos han conseguido reducir la ventaja tenaz de la vida sobre la muerte. Una ventaja que aumenta y se acelera: cada año hay 74 millones más de nacimientos que de defunciones, una cantidad de vivos nuevos como para aumentar siete veces cada año la población de Nueva York. La mayoría de ellos nacen en los países con menos recursos, y entre éstos, por supuesto, los de América Latina. En cambio, los países más prósperos han logrado acumular suficiente poder de destrucción como para aniquilar cien veces no sólo a todos los seres humanos que han existido hasta hoy, sino la totalidad de los seres vivos que han pasado por este planeta de infortunios.

Un día como el de hoy, mi maestro William Faullkner dijo en este lugar: "Me niego a admitir el fin del hombre". No me sentiría digno de ocupar este sitio que fue suyo si no tuviera la conciencia plena de que por primera vez desde los orígenes de la humanidad, el desastre colosal que él se negaba a admitir hace 32 años es ahora nada más que una simple posibilidad científica. Ante esta realidad sobrecogedora que a través de todo el tiempo humano debió de parecer una utopía, los inventores de fábulas que todo lo creemos, nos sentimos con el derecho de creer que todavía no es demasiado tarde para emprender la creación de la utopía contraria. Una nueva y arrasadora utopía de la vida, donde nadie pueda decidir por otros hasta la forma de morir, donde de veras sea cierto el amor y sea posible la felicidad, y donde las estirpes condenadas a cien años de soledad tengan por fin y para siempre una segunda oportunidad sobre la tierra.

Agradezco a la Academia de Letras de Suecia el que me haya distinguido con un premio que me coloca junto a muchos de quienes orientaron y enriquecieron mis años de lector y de cotidiano celebrante de ese delirio sin apelación que es el oficio de escribir. Sus nombres y sus obras se me presentan hoy como sombras tutelares, pero también como el compromiso, a menudo agobiante, que se adquiere con este honor. Un duro honor que en ellos me pareció de simple justicia, pero que en mí entiendo como una más de esas lecciones con las que suele sorprendernos el destino, y que hacen más evidente nuestra condición de juguetes de un azar indescifrable, cuya única y desoladora recompensa, suelen ser, la mayoría de las veces, la incomprensión y el olvido.

Es por ello apenas natural que me interrogara, allá en ese trasfondo secreto en donde solemos trasegar con las verdades más esenciales que conforman nuestra identidad, cuál ha sido el sustento constante de mi obra, qué pudo haber llamado la atención de una manera tan comprometedora a este tribunal de árbitros tan severos. Confieso sin falsas modestias que no me ha sido fácil encontrar la razón, pero quiero creer que ha sido la misma que yo hubiera deseado. Quiero creer, amigos, que este es, una vez más, un homenaje que se rinde a la poesía. A la poesía por cuya virtud el inventario abrumador de las naves que numeró en su Iliada el viejo Homero está visitado por un viento que las empuja a navegar con su presteza intemporal y alucinada. La poesía que sostiene, en el delgado andamiaje de los tercetos del Dante, toda la fábrica densa y colosal de la Edad Media. La poesía que con tan milagrosa totalidad rescata a nuestra América en las Alturas de Machu Pichu de Pablo Neruda el grande, el más grande, y donde destilan su tristeza milenaria nuestros mejores sueños sin salida. La poesía, en fin, esa energía secreta de la vida cotidiana, que cuece los garbanzos en la cocina, y contagia el amor y repite las imágenes en los espejos.

En cada línea que escribo trato siempre, con mayor o menor fortuna, de invocar los espíritus esquivos de la poesía, y trato de dejar en cada palabra el testimonio de mi devoción por sus virtudes de adivinación, y por su permanente victoria contra los sordos poderes de la muerte. El premio que acabo de recibir lo entiendo, con toda humildad, como la consoladora revelación de que mi intento no ha sido en vano. Es por eso que invito a todos ustedes a brindar por lo que un gran poeta de nuestras Américas, Luis Cardoza y Aragón, ha definido como la única prueba concreta de la existencia del hombre: la poesía. Muchas gracias.

Publicado por:
http://www.ciudadseva.com/textos/otros/ggmnobel.htm
http://estoespurocuento.wordpress.com/2012/08/29/gabriel-garcia-marquez-la-soledad-de-america-latina-discurso-de-aceptacion-del-premio-nobel-1982-texto-completo/

Interpretación al discurso anterior.

lunes, 27 de agosto de 2012

Avanza el proyecto

 Torre I
 Torre II
 Casas vía principal, vista hacia el sur.
Torres I y II


viernes, 6 de julio de 2012

Adiós a la Esquina del Tango


Limpia del nefasto y criminal grafiti, así luce, al menos al instante de hacer clic con la cámara fotográfica, esta hermosa casa de esquina suroccidental de la Calle 59 con la Carrera Séptima.




La secuencia gráfica arriba de estas líneas corresponde, también y milagrosamente libre de la acción criminal de los grafiteros, a la ya otoñal Esquina del Tango, en la Carrera Séptima A con la Calle 59 A, costado suroriental del antiguo Parque de los Hippies. Las noches de tango acaban de cambiar de escenario, cuando un obrero, escalera en mano, se dispone a retirar el aviso. Esta es la última foto del tradicional sitio que operó allí durante cuatro décadas, para trasladarse al sector de Galerías. Foto tomada el 6 de julio de 2012 hacia las 11:40 a.m.

martes, 12 de junio de 2012

Proyecto 2012


Acceso y salida del proyecto.
Al fondo, Torre 1 (izquierda) próxima a ser entregada. Torre 2, avanzada.
Casas, entrada principal, sentido Sur-Norte.
Enmallado temporal, para limitar acceso de visitantes al área aún en obra.
Casas. Al fondo, Torre 2. El enmallado en la entrada principal es apenas temporal, a efectos de impedir el acceso de particulares al área de las dos torres (al fondo).
Entrada y salida del condominio, mirada hacia en sentido Norte-Sur.
Casas. Al fondo, Torre 2.
Apartamento modelo. Comedor. A la derecha, el balcón.
Comedor
Cocina
Alcoba principal.
Área de televisión y/o computador
Sala y balcón al fondo
Panorámica desde el apartamento modelo, sentido Sur-Norte.
Un parqueadero, recién a la entrada, sentido Sur-Norte.
Casas del proyecto, a lado y lado. Al fondo, en construcción, la Torre 2.

miércoles, 6 de junio de 2012

Adiós al escritor Ray Bradbury


El escritor de ciencia ficción Ray Bradbury mira un retrato que fue parte de un proyecto escolar para ilustrar a personajes de uno de sus dramas en Los Angeles, en esta foto de archivo del 9 de diciembre de 1966. Bradbury, autor de éxitos literarios como "Las crónicas marcianas" y "Fahrenheit 451", murió el martes 5 de junio del 2012 en el sur de California. Tenía 91 años. (AP Foto/Archivo)
El escritor de ciencia ficción Ray Bradbury mira un retrato que fue parte de un proyecto escolar para ilustrar a personajes de uno de sus dramas en Los Angeles, en esta foto de archivo del 9 de diciembre de 1966. (AP Foto/Archivo)


LOS ANGELES, junio 6 de 2012 (AP) — Ray Bradbury, el maestro de la ficción científica y la fantasía que transformó sus sueños de infancia y temores de la Guerra Fría en marcianos telepáticos, monstruos marinos enfermos de amor y la visión desoladora de un futuro distorsionado en el cual los bomberos queman libros en "Fahrenheit 451", ha muerto a los 91 años.

Bradbury falleció el martes por la noche en Cupertino, California, informó este miércoles su hija, Alexandra Bradbury. No proporcionó más detalles.

El autor de clásicos de ficción científica como "Crónicas marcianas" y "El hombre ilustrado" trascendió el género para conquistar la admiración de grandes plumas como Jorge Luis Borges, quien prologó la versión en español de uno de sus libros.

Aunque disminuyó su ritmo de trabajo en años recientes debido a un derrame cerebral que lo postró en a una silla de ruedas, Bradbury se mantuvo activo al llegar a nonagenario, escribiendo nuevas novelas, obras de teatro, guiones de cine y un volumen de poesía. Escribía todos los días en la oficina de su casa en el barrio de Cheviot Hills, en Los Angeles, y de vez en cuando se presentaba en librerías y actos de bibliotecas públicas para recaudar fondos y otros eventos literarios alrededor de la ciudad.

Su obra abarca desde terror y misterio hasta humor e historias compasivas sobre los irlandeses, los negros y los mexicanoestadounidenses. Bradbury también escribió el guión de la adaptación cinematográfica de John Huston de "Moby Dick" (1956), así como varios capítulos de la serie de televisión "La dimensión desconocida", incluyendo "El Teatro de Ray Bradbury", para el cual adaptó decenas de sus trabajos.

"Lo que siempre he sido es un escritor híbrido", dijo Bradbury en el 2009. "Estoy completamente enamorado del cine, y estoy completamente enamorado del teatro, y estoy completamente enamorado con las bibliotecas".

En esta foto del 29 de enero de 1997, el escritor Ray Bradbury posa durante un evento promocional de su libro "Más rápido que el ojo" en Cupertino, California.  Bradbury, autor de éxitos literarios como "Las crónicas marcianas" y "Fahrenheit 451", murió el martes 5 de junio del 2012 en el sur de California. Tenía 91 años. (AP Foto/Steve Castillo, Archivo))
En esta foto del 29 de enero de 1997, el escritor Ray Bradbury posa durante un evento promocional de su libro "Más rápido que el ojo" en Cupertino, California. (AP Foto/Steve Castillo, Archivo)

Bradbury saltó a la fama en 1950 con "Crónicas marcianas", una serie de historias entrelazadas que satirizaron el capitalismo, el racismo y las tensiones de las superpotencias al retratar a colonizadores terrestres destruyendo una civilización marciana idílica.

Al igual que "El fin de la infancia" de Arthur C. Clarke y el filme de Robert Wise "El día que paralizaron la Tierra", el libro de Bradbury fue una alegoría sobre la Guerra Fría en el que los acontecimientos en otro planeta sirven como un comentario sobre el comportamiento humano en la Tierra. "Crónicas marcianas" se ha publicado en más de 30 lenguas, fue adaptada en una miniserie se televisión e inspiró un juego de computadora.

"Crónicas marcianas" profetizó la prohibición de libros, especialmente obras de fantasía, un tema que Bradbury abordaría profundamente en "Fahrenheit 451", de 1953. Inspirada en la Guerra Fría, el surgimiento de la televisión y la pasión del autor por las bibliotecas, fue una narrativa apocalíptica de una guerra nuclear en el exterior mientras en casa los bomberos son asignados a quemar libros en lugar de combatir incendios (451 grados Fahrenheit, Bradbury ha dicho, era la temperatura a la cual ardían en llamas los textos).

Fue el único trabajo de Bradbury realmente de ficción científica, según el autor, quien dijo que todas sus demás obras debían clasificarse como de fantasía. "Fue un libro basado en hechos reales y también en el odio hacia la gente que quema libros", dijo a The Associated Press en el 2002.

Un clásico futurista a menudo enseñado junto con "1984" de George Orwell y "Brave New World" de Aldous Huxley, la novela de Bradbury previó los iPods, la TV interactiva, la vigilancia electrónica y en vivo, los eventos sensacionalistas de los medios, incluso las persecuiones policiales televisadas. Francois Truffaut dirigió una versión cinematográfica en 1966 y se hizo alusión al título del libro — sin la autorización de Bradbury, se quejó el autor — para el documental de Michael Moore "Fahrenheit 9-11".

Aunque involucrado en muchos proyectos futuristas, como la Feria Mundial de Nueva York en 1964 y la exhibición "Spaceship Earth" en el parque Walt Disney World de Florida, Bradbury estaba profundamente apegado al pasado. Se negaba a conducir un auto o viajar, y le dijo a la AP que presenciar un accidente de tránsito fatal de niño le había dejado un terror permanente a los automóviles. De su juventud, se trasladaba de un lugar a otro en bicicleta o patines.

"No les tengo miedo a las máquinas", le dijo a la publicación Writer's Digest en 1976. "No creo que los robots se estén apoderando del mundo. Pienso que los hombres que juegan con juguetes lo han hecho. Y si no les quitamos los juguetes de las manos, somos unos tontos".

Influido por Ernest Hemingway y Thomas Wolfe, Bradbury fue perfeccionando su estilo literario en revistas baratas y llegó a ser uno de los pocos escritores de ficción científica tratado con seriedad por el mundo literario. En el 2007 recibió una mención especial del Premio Pulitzer "por su distinguida, prolífica y profundamente influyente carrera como un autor inigualable de ficción científica y fantasía". Siete años antes, recibió una medalla honoraria National Book Award a la trayectoria, honor otorgado a Philip Roth y Arthur Miller, entre otros.

También fue nominado a un premio Oscar por la cinta animada "Icarus Montgolfier Wright", y a un Emmy por su obra para TV "The Halloween Tree". Su fama incluso llegó a la Luna, donde astronautas del Apollo nombraron un cráter Dandelion en honor a "Dandelion Wine" ("El vino del estío"), su bienamada novela sobre el momento mágico de la transición a la mayoría de edad. Un asteroide fue nombrado 9766 Bradbury.

Nacido Ray Douglas Bradbury el 22 de agosto de 1920 en Waukegan, Illinois, el autor una vez se autodescribió como "ese bicho raro especial, el hombre con el niño adentro que lo recuerda todo". Alegaba tener total memoria de su vida, incluso desde sus últimas semanas en el vientre de su madre.

Su padre, Leonard, instalador de líneas de una compañía de energía, fue descendiente de Mary Bradbury, enjuiciada por brujería en Salem, Massachussets. La madre del autor, Esther, le leyó "El Mago de Oz". Su tía Neva lo introdujo al mundo de Edgar Allan Poe y le heredó su amor por el otoño, con su selección de calabazas y disfraces de Halloween.

"Si hubiera podido elegir, mi cumpleaños habría sido en Halloween", dijo a través de los años.

Las pesadillas que lo plagaron de niño también alimentaron su imaginación, al igual que su gusto por los libros de historietas de Buck Rogers y Tarzán, las primeras películas de terror, los libros de aventura de Tom Swift y las obras de Julio Verne y H.G. Wells.

"Lo maravilloso de mi vida es que todo lo que he hecho es el resultado de lo que fui a los 12 o 13 años", dijo en 1982.

La familia de Bradbury se mudó en 1934 a Los Angeles, donde se convirtió en un cinéfilo y lector voraz. "Nunca fui a la universidad, así que iba a la biblioteca", explicó.

Trató de escribir al menos 1.000 palabras al día, y vendió su primera narración en 1941. Lo publicaban en revistas baratas hasta que finalmente fue aceptado por publicaciones de prestigio como The New Yorker. El primer libro de Bradbury, una colección de cuentos cortos titulada "Carnaval negro", se publicó en 1947.

Era tan pobre durante esos años que no tenía oficina o siquiera un teléfono. "Cuando sonaba el teléfono en la gasolinera al otro lado de la calle de nuestra casa, corría a atenderlo", dijo.

Escribió "Fahrenheit 451" en la biblioteca de la Universidad de California en Los Angeles (UCLA), en máquinas de escribir que alquilaba a 10 centavos la media hora. Dijo que llevaba una bolsa llena de monedas de 10 centavos y que terminó el libro en nueve días, a un costo de 9,80 dólares.

Aunque algunos académicos dudaron de esa historia, diciendo que es imposible que haya creado una obra maestra como esa tan rápidamente, Bradbury sostuvo en varias entrevistas con The Associated Press a lo largo de los años que así fue exactamente como lo hizo.

Pocos escritores podrían igualar la inventiva de sus tramas: un chico se burla de un vampiro llenándolo de monedas de plata; un dinosaurio confunde una sirena de niebla con una llamada de apareamiento; Ernest Hemingway es traído de vuelta a la vida en una máquina del tiempo. En "El hombre ilustrado", una de sus historias más famosas, el tatuaje de un hombre predice un hecho horroroso: va a asesinar a su esposa.

Orador dinámico de voz retumbante y distintiva, Bradbury podía ser contundente y brusco. Pero también era un hombre gregario y amigable, accesible en público y a menudo generoso tanto con sus lectores como con sus colegas.

En el 2009, durante un charla con motivo del primer aniversario de una pequeña biblioteca en el Valle de San Gabriel, en el sur de California, exhortó a los presentes a vivir como dijo que él había vivido: "Haz lo que amas y ama lo que haces".

"Si alguien te dice que hagas algo por dinero, mándalo al demonio", gritó en medio de un efusivo aplauso.

Hasta casi el final de su vida, Bradbury resistió una de las innovaciones que ayudó a anticipar: los libros electrónicos, que comparó con metal quemado al exhortar a los lectores a apegarse a los placeres anticuados de la tinta y el papel. Pero a finales de 2011, cuando los derechos de "Fahrenheit 451" estaban por renovarse, cedió y permitió que su más famosa novela se publicara en formato digital. En retorno, recibió una gran suma de dinero y una promesa especial de Simon & Schuster: la editorial aceptó colocar el e-libro en las bibliotecas, el único libro de Simon & Schuster hasta ese momento que los clientes de bibliotecas podían descargar.

Bradbury deja cuatro hijas: Susan Nixon, Ramona Ostergren, Bettina Karapetian y Alexandra Bradbury. Marguerite Bradbury, su esposa por 57 años, murió en el 2003.

___

El corresponsal de AP Robert Jablon contribuyó con este reporte.

jueves, 31 de mayo de 2012

Un futbolista promueve la cerveza



El modelo es Hernando Tovar Rizneda, mejor conocido como "El Mono", jugador del Independiente Santa Fe y de la Selección Colombia que por vez primera asistió a un Mundial de fútbol, el de 1962, celebrado en Chile. El anuncio corresponde a la serie publicitaria promovida por la Cervecería Andina, y dice: "Hernando 'Mono' Tovar, estrella del fútbol nacional dice: 'Tranquilo que el equipo gana... con Andina, la cerveza que refresca, descansa... reanima y fortifica'. Andina sabe mejor". ¡Cambian los tiempos!

Cielos, tardes...